Esta es una novela dividida en dos partes que se alternan para contarnos por un lado, la historia de Solene en el presente y por otro, el comienzo de una institución, el Palacio de la Mujer entre 1925-26 . Ambas en París.
Esta alternancia no es baladí y según nos sumergimos en la lectura veremos los lazos que unen a Solene y a Blanche y a Albin Peyron a pesar de que les separa casi un siglo.
Solene es una abogada de prestigio con una vida acomodada y envidiable según la lógica capitalista. Pero a pesar de su éxito tras la pérdida de un cliente su vida se desmorona y comienza un camino de búsqueda, de aprender a dar y a recibir.
Blanche y Albin, integrantes del Ejército de Salvación, con esfuerzo titánico consiguen reunir el dinero suficiente para construir el Palacio de la Mujer, al darse cuenta de que dentro de las personas excluidas y sin recursos, las mujeres estaban (y están) en el furgón de cola. Destaca sobre todo el papel de Blanche como motor y agente de cambios.
Laetitia Colombani nos muestra, sin ostentación y sin el síndrome de la salvadora, las dificultades y las historias de vida de muchas mujeres. Cómo un recurso y con los medios adecuados ocurren cosas que cambian vidas y rompen círculos de dolor y exclusión.
El 20 de junio es el día internacional de la persona refugiada. Según la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, las personas refugiadas son aquellas que se han visto obligadas a huir de su país por sufrir persecución por motivos de “raza”, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas. Según ACNUR, a mediados de junio 2019 había más de 70,8 millones de personas desplazadas a la fuerza en el mundo.
Pero las causas que generan movimientos migratorios forzosos van más allá. También se huye por conflictos de todo tipo, violencia generalizada o por catástrofes naturales. Y además se huye por sufrir violencia de género. Por lo que, se habla de la “protección internacional” como un concepto más amplio que abarca el estatuto de refugiado y otras causas de huida.
Desde una perspectiva feminista, la mujer refugiada sufre una doble discriminación, por ser mujer y por ser migrante. En casi todas las sociedades el ser mujer supone una vulnerabilidad por el mero hecho de existir (trabajos más precarios, doble jornadas laborales, escasa existencia de derechos, acosos, violaciones de guerra, violaciones sistemáticas, compra de tu persona, intercambios, etc.). Si a eso le sumamos el hecho de querer abandonar el país, la inseguridad de la vida de la mujer aumenta exponencialmente.
Cuando hacemos un barrido sobre la protección internacional, siempre pensamos en hombres o en familias. Los hombres son los que ocupan los espacios públicos, los hombres son los que tienen que conservar y garantizar seguridad a sus familias, las mujeres, simplemente, acompañan y están en un segundo plano. En el caso de las reagrupaciones familiares (una vez alcanzada la protección internacional), donde la figura paterna reagrupa a la mujer y a los menores, la documentación es de residencia, manteniéndolas al margen del mercado laboral, prolongando la dependencia del “bread-winner”. Así, las sociedades patriarcales se amparan en falsos discursos de doble moral donde “la cultura” juega un papel muy importante para mantener la división entre lo público y lo privado. También en las sociedades de acogida.
En el caso de tomar la decisión y tener la valentía para dar un paso al frente y abandonar todo lo conocido por el sueño de una vida mejor, muchas veces se convierte en una auténtica pesadilla en el tránsito hacia un nuevo destino. Las mujeres son monedas de cambio, algo que utilizar y tirar cuando dejan de ser útiles, porque muchas veces, esta invisibilidad aumenta la “despensa” del patriarcado a través de redes de prostitución, como cuidadoras o como mujeres en servicios varios.
Como bien se ha mencionado, la persona refugiada es aquella que es perseguida por motivos de “raza”, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas. Sin embargo, la figura de la protección internacional debe dar cabida a todas esas nuevas y viejas situaciones de invisibilidad y vulnerabilidad, debe asegurar que las mujeres forman parte de la mitad de la población y que los derechos de las mujeres, por el simple hecho de serlo, también son Derechos Humanos. Porque la mujer refugiada (mujer migrante) tiene más dificultades a la hora de que sus derechos sean reconocidos como solicitantes de protección internacional, es decir, debe comenzar a entenderse como un motivo más de huida, el propio género.
Tampoco podemos olvidar los nuevos retos y características a las que nos enfrentamos donde la situación de las personas refugiadas, desde luego, no son las mismas que se iniciaron en 1951 con el Convenio de Ginebra, han cambiado y las mujeres, ya no somos una carga que se lleva o se deja cuando tu vida corre peligro, que la vida de las mujeres está mucho más expuesta a sufrir cualquier tipo de peligro, por eso, es necesario que las personas que legislan sobre la protección internacional, reconozcan la política de daños causada a las mujeres.
Dicho esto, el reto actual al que nos enfrentamos la mitad de la población es poder adquirir un alma y una voz lo suficientemente fuerte, como para ser consideradas un ser humano que tenga los mismos derechos que la otra parte de la población mundial. Donde el simple hecho de existir no duela y no sea un peligro. Donde nacer mujer o no ser la mujer adecuada marcada por la sociedad de turno, no signifique que estés condenada a ejercer la invisibilidad hasta que la muerte, ejercida por un patriarcado brutal, decida arrebatarte la vida.
Equipo de género del Proyecto de Protección Internacional de Cruz Roja Toledo para la Plataforma 8M Toledo en la semana de la persona refugiada.
«Catorce kilómetros» es la distancia que separa África de Europa por el Estrecho de Gibraltar. En África hay millones de personas cuyo único objetivo es entrar en Europa porque el hambre no entiende de fronteras ni de barreras. Este largometraje de Gerardo Olivares, quiere aportar un poco de luz a las sombras de la inmigración. Violeta es una joven de Malí que huye de su casa al saber que su familia ha concertado su matrimonio con un anciano que abusaba de ella. Buba Di Gionati y Mukela, son dos hermanos de Níger que deciden viajar a Europa en busca de una vida mejor.
(Reseña: Paulina Muñoz Benalcázar, Trabajadora social del programa de protección internacional de Cruz Roja Toledo para la Plataforma 8M Toledo, en la semana de la persona refugiada).
La Plataforma 8M Toledo dedicará todas las publicaciones de sus redes sociale,s durante la semana del 15 al 20 de junio, a la temática de la #MujerRefugiada, colabora el equipo de género del proyecto de Protección Internacional de Cruz Roja Toledo. Con la participación también de Colectivo feminista «Toledo Violeta» y Mujeres de Negro de Toledo.
“Refugiadas. Una mirada feminista al derecho internacional”, escrito por la abogada feminista y doctora en Derecho por la Universidad de Valencia Carmen Miguel Juan que pone de manifiesto la necesidad de utilizar métodos feministas de análisis de la legislación para desafiar las actuales estructuras de poder, donde la mujer refugiada deje de estar dentro de la concepción de una familia patriarcal con un hombre protector como cabeza de familia y se tengan en cuenta las relaciones de género y las experiencias propias de persecución de las mujeres , que se producen tanto en la esfera pública como en la privada (despolitizar determinados tipos de violencia, matrimonios forzosos, mutilación genital, esterilización forzosa, etc…).
(Reseña: Raquel Rodríguez Cuevas, Educadora social del programa de protección internacional de Cruz Roja Toledo para la Plataforma 8M Toledo, en la semana de la persona refugiada).
La Plataforma 8M Toledo dedicará todas las publicaciones de sus redes sociales durante la semana del 15 al 20 de junio, a la temática de la #MujerRefugiada, colabora el equipo de género del proyecto de Protección Internacional de Cruz Roja Toledo. Con la participación también de Colectivo feminista «Toledo Violeta» y Mujeres de Negro de Toledo.
Una expresión muy común que solemos oír en la tele o leer en prensa es que alguien ha rehecho su vida y siempre se refiere a que esa persona tras una ruptura ha encontrado una nueva pareja. Parece ser que nuestras vidas sin pareja están desechas o que para tener una vida ejemplar debes tener pareja porque si no está incompleta o no es considerada del todo satisfactoria. Es lo que tiene el mito del amor romántico que desde pequeñas nos han enseñado y que han ido alimentando a lo largo de nuestra vida por todos lados para que lo sigamos comprando. Las medias naranjas, las vidas infelices sin amor (de una pareja por supuesto) y esas cosas.
Pues bien, ahora que cogemos un mínimo de perspectiva y poco a poco ciertas normalidades vuelven a nuestras vidas, es el momento de empezar a rehacerlas. Rehacerlas no en el sentido que comentábamos antes, si no en el sentido de prepararnos unas vidas que nos guste vivir. Hemos comprobado la importancia de nuestras redes de apoyo y las hemos echado de menos, por eso ahora las valoramos más. Hemos tenido tiempo para imaginarnos el reencuentro con nuestras amigas para las primeras cervezas o paseo juntas. O para imaginar la primera comida familiar de la nueva normalidad en la que seguro que la paella está más rica. En estos momentos muchas nos encontramos fantaseando con el primer viaje de después del coronavirus. Es el momento de darle al play a algunas cosas que dejamos en pausa. Volver a hacer aquellas cosas que nos encantaba hacer pero no se podía. Y eliminar aquellas cosas que hemos descubierto que no nos gustaban y no nos hacían sentir bien.
Leía el otro día que había gente que no quería volver a la “normalidad” y no porque tuvieran el síndrome de la cabaña, sino porque no querían volver a sus vidas agobiantes de antes que no les hacían felices. Hay que aprender de todo lo que nos pasa en la vida, y con esta situación hemos aprendido lo que queremos dentro y lo que queremos fuera de nuestras vidas, hemos sabido a quién queremos dentro y quién no nos aporta nada. Nos hemos ordenado, hemos reorganizado prioridades y sentimientos. Y es el momento de empezar a poner esos aprendizajes en práctica. Saldremos de ésta con heridas, pero más sabias. Y sobre todo saldremos más unidas. ¡Ánimo valientes!
Compartimos una película que con la nueva situación que nos ha tocado vivir en estos meses, lo duro que ha sido el estado de alarma, y está siendo el confinamiento con su desescalada, podemos entender un poco mejor las vidas de estas niñas. Aunque desde luego hay mucha diferencia en los motivos del encierro.
Ópera prima de la francesa-turca Deniz Gamze Ergüven. Una joya presentada en el Festival de Cannes 2015 que acabó luchando por el Óscar a la Mejor Película Extranjera. Mustang viene siendo algo así como Las vírgenes suicidas a la turca. Y, por tanto, con circunstancias bien distintas.
En un remoto pueblo de Turquía, cinco hermanas crecen en una familia obsesionada con la tradición, y concretamente, con la virtud de las chicas. Su lucha por la libertad se convierte en un magnífico y conmovedor pulso entre el pasado y el presente en la Turquía actual.
Celeste N G nos adentra en un universo de relaciones familiares, maternidad, mentiras, renuncias y problemas raciales y de clase.
Mia es una madre soltera, artista, que viaja con su hija Pearl buscando lugares donde poder crear de los que se mudan cada pocos meses. Ambas se establecen en Shaker Heights, una comunidad en la que todo está planeado, hasta la altura máxima del césped. Mía alquila la vivienda a Elena Richardson, que encarna aparentemente el sueño americano y la familia perfecta.
Ambas familias tejen relaciones y todo comienza a cambiar. Aparecen secretos y fantasmas del pasado que hacen tambalear la vida de ambas mujeres y que con un efecto dominó cambiará la vida de todos y todas.
Es un apasionante relato de la construcción de identidades y de vidas y la autora consigue meternos dentro de la historia, dentro de Shaker y Heights y para observarlo todo desde la primera fila.
Este momento por el que estamos pasando debería servir para aprovechar la oportunidad de definir qué es la “CORRESPONSABILIDAD”.
La idea del hombre que “ayuda en casa”, queda muy lejos de lo que se entiende por corresponsabilidad, aunque a veces es el principio de la toma de conciencia de lo que supone ocuparse y preocuparse de las necesidades básicas de los miembros de una familia.
Cambiar pañales, poner lavadoras siempre que se te pide, cocinar los domingos solo el plato que se te da bien, ir a la compra con la lista, pasar la aspiradora el fin de semana… son tareas que cada vez más hombres asumen pero se corre el riesgo de pensar que ya está todo hecho.
Pensar que comer cada día, saber cuándo hay que vacunar a los niños, si hay leche suficiente, si hay que comprar zapatos a los niños o si hay que cambiar los armarios o poner una lavadora porque es necesario sin que nadie te lo pida. Está más cerca de la corresponsabilidad.
Cuántas de nosotras no estamos en el trabajo pensando que hay que llevar al dentista a la niña, que habría que pintar el techo de la cocina, que los abuelos necesitan medicinas, que el compañero no tiene calcetines… y no sólo pensando sino que llamamos al dentista, al pintor, pedimos las recetas de los abuelos y a la salida del trabajo pasamos por la mercería para comprar los calcetines. A esto se le llama la doble presencia o jornada que es un factor de riesgo psicosocial que merma nuestras energías y concentración en el trabajo y que contribuye a que en lo laboral no podamos prosperar ya que nos pesa la vida. Y es en la descarga de esta situación en lo que consiste precisamente la corresponsabilidad.
Ellos llegan cansados de trabajar, nosotras también, su trabajo es importante, el nuestro también, su participación en la vida social es el momento de descargar de las responsabilidades y tensiones de su trabajo, para nosotras también.
Para nosotras el cuidado de los hijos es gratificante porque recibir y dar amor nos hace crecer como personas, a ellos también. Si es que dar amor tiene que ver con cuidar.
Para que la igualdad de oportunidades sea una realidad debemos empezar por lo cercano nuestros compañeros deben asumir su responsabilidad y nosotras debemos dejar que la asuman, es también común aquello de “mi marido no sabe poner la lavadora y se lo he explicado muchas veces”, al final terminamos poniéndola nosotras o eso otro de que ellos no saben hacer la cama como nosotras o no friegan los suelos como nosotras. Demos menos importancia al resultado y dejemos les hacer.
Debemos plantear cuales son las necesidades de la familia y abordarlas de manera conjunta sin asumir nosotras por defecto y adelantarnos o esperar a que ellos decidan dar un paso al frente, es una responsabilidad que adquieren dos personas adultas e iguales en el momento que deciden crearla.
Uno se hace corresponsable con amor y con cariño, contare que mi marido era un hombre independiente cuando yo lo conocí, vivía solo y en los primeros días de convivencia me plantea que él se va a meter en la ducha y que si no me importa le prepare la ropa que se pondrá encima de la cama. Yo le miré divertida y le conteste que juego más divertido luego iré yo a la ducha y tú me preparas la mía. Entendió enseguida que era una cuestión sin sentido. No lo volvió a proponer más, pero no supuso tensión. En algún sitio leí que “el hombre que cocina, lava los platos y hace el aseo de su casa, es un adulto funcional, no un ser especial”.
En un pequeño pueblo, entre el norte de África y Oriente Medio, la tradición exige que las mujeres busquen agua en la fuente que nace en lo alto de una montaña. Han de hacerlo diariamente bajo un sol abrasador a pesar de que físicamente no se encuentran preparadas para soportar ese peso y esas temperaturas. Leila (Leïla Bekhti, Un profeta), una joven casada, propone al resto de mujeres una huelga de amor y sexo hasta que los hombres colaboren en el traslado del agua hasta la aldea. Una lucha contra los valores arraigados del machismo y el patriarcado dentro de una cultura que pide a gritos una remodelación.
El director Radu Mihaileanu (El tren de la vida, El concierto) presenta un crisol de historias femeninas, mujeres fuertes aprisionadas por unas tradiciones que las anulan. Es el momento de tomar las riendas y de revelarse contra el poder de los hombres y luchar por una liberación de las cargas machistas. Completan el reparto de este film reivindicativo Hafsia Herzi (Cuscús), Saleh Bakri (La banda nos visita), y la famosa actriz israelí Hiam Abbass (The Visitor).
Hoy os queremos recomendar la colección Las Imprescindibles de Silvia López y la editorial Dos Bigotes. El movimiento feminista tiene una teoría y una genealogía que es necesario conocer para articular los objetivos, el activismo y la hoja de ruta. Es, como dice la autora, pensamiento para la acción.
Esta colección pretende acercarnos de forma sencilla pero con rigor a las grandes maestras de la teoría feminista y ser un comienzo para la lectura y conocimiento de lo que ellas escribieron y nos dijeron. Hasta el momento hay tres volúmenes, Los cuerpos que importan en Judith Butler, La política sexual en Kate Millet y El devenir mujer en Simone de Beauvoir. En cada uno de ellos además de la explicación teórica encontramos una bibliografía que nos facilita conocer más de la obra de cada una de ellas.
Con gran maestría Silvia López hace que perdamos el miedo a autoras como Judith Butler a pesar de su etiqueta de difícil, enrevesada y oscura. Nos da herramientas para que podamos entender y encajar con una base teórica la genealogía feminista, nuestra genealogía.